V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe
 
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BENEDICTO XVI MANIFIESTA ALEGRIA POR INAUGURAR LA V CONFERENCIA GENERAL PDF Imprimir E-Mail

El Papa Benedicto XVI manifiesta alegría por participar en la apertura de los trabajos de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe el próximo 13 de mayo en Aparecida , Brasil. Así lo indicó en su discurso a los representantes pontificios en América Latina (conocidos como Nuncios) el pasado 17 de febrero. En su discurso, el Papa también indicó algunas cuestiones importantes que tienen que ser tratadas en el encuentro episcopal de Aparecida.

A continuación el discurso en versión integral traducido por la Oficina de Prensa del CELAM.

AUDIENCIA DEL PAPA BENEDICTO XVI A LOS REPRESENTANTES PONTIFICIOS EN AMERICA LATINA

 

Venerados Hermanos,

 estoy muy contento de acogerlos, al término de vuestra reunión en preparación a la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. Ofrezco a cada uno mi cordial saludo, iniciando por el Señor Cardenal Tarcisio Bertone, mi Secretario de Estado, a quien agradezco las palabras con las que se ha hecho intérprete de los comunes sentimientos. Agradezco a los Señores Cardenales presidentes del CELAM y a los responsables de los Dicasterios de la Curia Romana, que han ofrecido su contribución para vuestros trabajos. Aprovecho sobretodo esta ocasión para renovar a vosotros, Nuncios Apostólicos presentes, y a todos los Representantes Pontificios la expresión de  mi aprecio por el importante servicio eclesial que desarrolláis, con frecuencia entre no pocas dificultades debidas a la lejanía de la patria de origen, a los frecuentes  cambios y, tal vez, también a las tensiones socio políticas presentes allá, donde obráis. En el desarrollo de vuestro delicado oficio, que ciertamente está siempre animado por el profundo espíritu de fe, cada uno de vosotros se sienta acompañado por la estima, el afecto y las oraciones del Papa.

 

 Cada Nuncio Apostólico está llamado a consolidar los lazos de comunión entre las Iglesias particulares y el Sucesor de Pedro. A él está confiada la responsabilidad de promover, junto con los Pastores y el entero Pueblo de Dios, el diálogo y la colaboración con la sociedad civil para realizar el bien común. Los Representantes Pontificios son la Presencia del Papa, que se hace cercano a través de ellos a cuantos El no puede encontrar en persona y, de manera especial, a quienes viven en condiciones de dificultad y sufrimiento. El vuestro, queridos Hermanos, es un ministerio de comunión eclesial y un servicio a la paz y a la concordia en la Iglesia y entre los pueblos. Sean siempre conscientes de la importancia, de la grandeza y de la belleza de esta misión vuestra y tiendan sin cansarse a realizarla con generosa dedicación.

 

 La Providencia divina os ha llamado a vosotros, aquí presentes, a desarrollar vuestro servicio en América Latina, definida por el amado Juan Pablo II – que muchas veces la visitó - "Continente de la Esperanza", como ya ha sido dicho. Tendré la alegría de tomar, si Dios quiere, personalmente contacto con la realidad de aquellos Países interviniendo, a Dios agradando, en la apertura de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, en Aparecida, Brasil, el próximo mes de mayo. En un cierto sentido, tal asamblea recapitula y da seguimiento a las Conferencias Generales precedentes, mientras se enriquece con los numerosos dones "post-conciliares" del Magisterio Pontificio – el pensamiento va en particular a la Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in America – como también de los frutos del camino sinodal de la Iglesia Católica. Se propone definir las grandes prioridades y suscitar un renovado impulso a la misión de la Iglesia al servicio de los pueblos latinoamericanos en las circunstancias concretas del inicio de este siglo XXI. Tal recapitulación nos traslada a la tradición de la catolicidad, la cual, gracias a una extraordinaria epopeya misionera, se ha hecho presente y ha marcado con su sello la estructura cultural que caracteriza hasta hoy la identidad latinoamericana. Tal es la vocación original - como decía mi respetado predecesor Juan Pablo II en Santo Domingo – "de pueblos que la misma geografía, la fe cristiana, la lengua y la cultura han unido definitivamente en el camino de la Historia" (Discurso de apertura de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, 12.X.1992, n. 15: Insegnamenti, XV, 2 [1992], p. 326).

 

 A partir precisamente del tema de tan importante reunión: "Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan vida", también vosotros, en estos días, habéis tenido manera de evidenciar algunos desafíos que la Iglesia encuentra en la vasta área latinoamericana, insertada en la dinámica mundial y condicionada siempre más por los efectos de la globalización. Ante este desafío las naciones que la componen buscan en diversas maneras de afirmar la propia identidad y el propio peso en el camino histórico del mundo de hoy; buscan, no raramente entre tantas dificultades, de consolidar la paz interna de la propia Nación. Sintiéndose como "hermanas", miran a convertirse también en comunidad, unida en la paz y en el desarrollo cultural y económico. La Iglesia, signo e instrumento de unidad para el entero género humano (cfr Lumen gentium, 1), se encuentra naturalmente en sintonía con toda legítima aspiración de los pueblos a una mayor armonía y cooperación, y ofrece la contribución que le es propia, es decir aquella del Evangelio. Ella auspicia que en los Países latinoamericanos donde las Cartas constitucionales se limitan a "conceder" libertad de credo y de culto, pero no "reconocen" aún la libertad religiosa, se pueda cuanto antes definir las recíprocas relaciones fundadas sobre los principios de autonomía y de sana y respetuosa colaboración. Ello permitirá a la Comunidad eclesial desarrollar todas sus potencialidades para aprovechamiento de la sociedad y de cada persona humana, creada a imagen de Dios. Una correcta formulación jurídica de tales relaciones no podrá dejar de tener en cuenta el papel histórico, espiritual, cultural y social desarrollado por la Iglesia Católica en América Latina.

 

 Este papel continua siendo primario, gracias a la feliz fusión entra la antigua y rica sensibilidad de los pueblos indígenas con el cristianismo y con la cultura moderna. Algunos ambientes, lo sabemos, afirman un contraste entre la riqueza y profundidad de las culturas precolombinas y la fe cristiana presentada como una imposición exterior o una alienación para los pueblos de América Latina. En verdad, el encuentro entre estas culturas y la fe en Cristo fue una respuesta interiormente esperada por tales culturas. Este encuentro por tanto no es de renegarlo, sino de profundizarlo y ha creado la verdadera identidad de los pueblos de América Latina. En efecto, la Iglesia Católica es la institución que goza del mayor crédito de parte de las poblaciones latinoamericanas. Está activa en la vida de la gente, estimada por el trabajo que cumple en los ámbitos de la educación, de la salud y de la solidaridad hacia los necesitados. La ayuda a los pobres y la lucha contra la pobreza son y continúan siendo una fundamental prioridad en la vida de las Iglesias en América Latina. La Iglesia también es activa por las intervenciones de mediación que no raramente le son pedidas con ocasión de conflictos internos. Una presencia consolidada de esta manera debe tener en cuenta hoy, entre otras cosas, el proselitismo de las sectas y la influencia creciente del secularismo hedonista postmoderno. Sobre las causas de la atracción de las sectas debemos seriamente reflexionar para encontrar las respuestas justas. Ante los desafíos del actual momento histórico nuestras comunidades son llamadas a consolidar su adhesión a Cristo para testimoniar una fe madura y llena de alegría y verdaderamente – no obstante todos los problemas – son enormes las potencialidades. Y en verdad enormes son las potencialidades espirituales a las que puede recurrir América Latina, donde los misterios de la fe son celebrados con ferviente devoción y la confianza en el futuro es alimentada por el aumento de las vocaciones sacerdotales y religiosas. Naturalmente es necesario acompañar con gran atención a los jóvenes en el camino de la vocación, y ayudar a los sacerdotes, religiosos y religiosas en la perseverancia en su propia vocación. Un inmenso potencial misionero y evangelizador es ofrecido por los jóvenes, que constituyen más de las dos terceras partes de la población, mientras la familia permanece como "una característica primordial de la cultura latinoamericana", como fue dicho por mi venerado predecesor, Juan Pablo II, en el encuentro de Puebla, en México, en enero de 1979.

 

 Una atención prioritaria amerita la familia, que muestra signos de cesión ante las presiones de lobbies capaces de incidir negativamente sobre los procesos legislativos. Los divorcios y las uniones libres están en aumento, mientras que el adulterio es mirado con injustificable tolerancia. Es necesario reafirmar que el matrimonio y la familia tienen su fundamento en el núcleo más íntimo de la verdad sobre el hombre y sobre su destino; sobre la roca del amor conyugal, fiel y estable, entre un hombre y una mujer se puede edificar una comunidad digna del ser humano. Me gustaría evidenciar otras temáticas religiosas y sociales sobre las cuales habéis tenido manera de reflexionar. Me limito a citar el fenómeno de la migración, estrechamente conectado con la familia; la importancia de la escuela y la atención a los valores y a la conciencia, para formar laicos maduros que estén en grado de ofrecer una contribución cualificada en la vida social y civil; la educación de los jóvenes con planes vocacionales apropiados que acompañen, de modo particular, a los seminaristas y a los aspirantes a la vida consagrada en su camino formativo; el compromiso por informar de manera adecuada la opinión pública sobre las grandes cuestiones éticas según principios del Magisterio de la Iglesia y una presencia eficaz en el campo de los instrumentos de comunicación también para responder a los desafíos de las sectas. Los movimientos eclesiales constituyen un válido recurso para el apostolado, pero es necesario ayudarles a mantenerse siempre fieles al Evangelio y a la enseñanza de la Iglesia, también cuando operan en el campo social y político. En particular, siento el deber de reafirmar que no compete a los eclesiásticos dirigir agregaciones sociales o políticas, sino a los laicos maduros y profesionalmente preparados.

 

 Queridos Hermanos, en estos días habéis pensado y dialogado juntos; juntos habéis sobretodo orado. Pidamos al Señor, por intercesión de Maria, que los frutos de esta reunión y de la próxima Conferencia General del Episcopado Latinoamericano vayan en beneficio de toda la Iglesia. A vosotros de nuevo gracias por el trabajo que habéis cumplido. Regresando a vuestros Países sed intérpretes de mis cordiales sentimientos hacia los Pastores y las Comunidades cristianas, hacia los Gobiernos y las poblaciones. Asegurad la cercanía espiritual del Papa de manera especial a vuestros colaboradores, a las religiosas y a quines cooperan con el buen andamiento de las sedes de vuestras Nunciaturas. A todos y a cada uno en particular imparto de corazón una especial Bendición Apostólica.

 

 
 
 
 
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