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El tema central de la V Conferencia es “Discípulos y
misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en él tengan vida. «Yo soy el Camino,
la Verdad y la Vida» (Jn 14, 6)”. En él encontramos los núcleos que inspiraron los análisis, las
reflexiones y las propuestas de su fase preparatoria. Son hilos conductores que le otorgan unidad
y coherencia, de tal forma que es posible descubrir en ellos interrelación, interdependencia e
interacción. (Síntesis, 27)
Discípulos y misioneros de Jesucristo, evoca una triple
relación vital: con el Señor que nos hace objeto de su gratuidad, con la comunidad donde
vivimos nuestra identidad eclesial, y con aquellos a quienes somos enviados en nombre del Señor
de la vida. (Síntesis, 28)
Para que nuestros pueblos, sitúa a los discípulos y misioneros en la
dimensión evangelizadora de la Iglesia, atendiendo a la solidaridad, el amor oblativo y el
servicio incondicional a todos sin exclusiones. (Síntesis, 29)
En Él tengan vida, manifiesta nuestra convicción de que en el Dios vivo
revelado en Jesús se encuentra el sentido, la fecundidad y la dignidad de la vida
humana. Ésta es la vida en Cristo que anhelamos con nuestros pueblos y que se ve
amenazada en formas insospechadas y perversas. Nos urge la misión de entregarla, promoverla y
defenderla en toda su integridad, con la conciencia de que alcanzará un día la plenitud cuando
“Dios sea todo en todos” (1Cor 15, 28). (Síntesis, 30)
Desde la cruz Jesucristo confió a sus discípulos, representados por
Juan, el don de la maternidad de María. Ella, como Madre de tantos hermanos, fortalece
los vínculos fraternos entre todos, alienta a la reconciliación y el perdón, y ayuda a que los
discípulos de Jesucristo se experimenten como una familia, la familia de Dios.
(Síntesis, 161)
Todos debemos vivir y evangelizar de tal manera que sea palpable y
transparente, en nuestras actitudes y palabras, que nunca dejamos de ser discípulos de
Jesucristo, que cada día lo redescubrimos y seguimos como a nuestro Maestro y Pastor,
que tenemos necesidad de él, y que siempre podemos crecer en su seguimiento. (
Síntesis, 166)
La Iglesia ha recibido de su Señor la misión de ir por el mundo ofreciendo
a los hombres y mujeres el don de ser discípulos (cf. Mt 28, 19). Vocación de la Iglesia
es anunciar al Señor resucitado, generando y acompañando el encuentro personal con él. Para
cumplir con su vocación el Señor le infunde el don del Espíritu -y con él la paz, el envío
misionero y el poder de perdonar los pecados-, que la anima e impulsa a llevar a cabo la misión
de manifestar y construir un Pueblo santo, semilla de una humanidad fraterna y reconciliada.
(Síntesis, 172)
Los evangelizadores de la primera hora eran testigos privilegiados de la
vida que suscitaba el Espíritu en todo aquel que creía en el Señor resucitado (cf. Rom 5, 5). En
ellos y en los demás percibían cómo el Espíritu “de Cristo” (8, 9) o “de Dios vivo” (2Cor 3, 3)
realmente “da vida” (3, 6). Esta experiencia es también hoy la de tantos cristianos y comunidades
eclesiales. (Síntesis, 179)
En la misma convivencia con Jesús, los discípulos se inician en la
vida en comunión, y aprenden cómo ser “apóstol” o “enviado” para hacer que otros también
sean, en sus circunstancias concretas, discípulos de Jesús. La formación para la misión no es
una formación diversa a la de ser discípulo. “Discípulo” y “misionero” son dos términos que
mutuamente se reclaman. (Síntesis, 182)
Queremos encontrarnos nuevamente con Cristo, como los discípulos y los
santos lo han hecho desde los inicios del cristianismo y a lo largo de la historia. La
alternativa crucial es ésta: o nuestra tradición católica y nuestras opciones personales por el
Señor arraigan más profundamente en el corazón de las personas y de los pueblos latinoamericanos
como acontecimiento fundante, como encuentro vivificante y transformador con Cristo, y se
manifiesta como novedad de vida en todas las dimensiones de la existencia personal y la
convivencia social, o corre el riesgo de seguir dilapidándose, empobreciéndose y diluyéndose en
vastos sectores de la población, lo que sería una pérdida dramática para el bien de nuestros
pueblos y para toda la catolicidad. (
Síntesis, 15)
En el pasado y presente de la Iglesia, han surgido comunidades y
movimientos que han formado discípulos y misioneros a partir de peculiares espiritualidades e
itinerarios formativos. Con la variedad y riqueza carismática que les son propias, están
presentes en nuestras comunidades, testigos de la atracción de Jesucristo y de su Iglesia, y de la
fuerza transformadora del Evangelio en el mundo. En una sociedad superficial, indiferente y cada
vez más agnóstica, junto a otros laicos, los miembros de los movimientos buscan hacer de la fe el
factor estructurante de su vida y de su testimonio en el servicio del mundo. (Síntesis,
272))
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