CONCLUSIÓN GENERAL
351. La Iglesia que vive su fe en el Continente Latinoamericano
camina al encuentro del Señor resucitado para que nuestros pueblos
tengan vida en él. A lo largo de su historia, Jesús mismo suscitó
muchas experiencias de encuentros con él que fueron acontecimientos
pascuales.
352. Hoy nuestra Iglesia se siente llamada a renovar su encuentro con el Resucitado, reviviendo la experiencia de los dos discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13-35). Como ellos, camina entre dificultades y dolores. Al igual que ellos, anhela dejarse encontrar y transformar por el Señor resucitado, para ofrecerlo como vida al mundo por el testimonio de su fe y el compromiso efectivo con su misión.
1. Una Iglesia interpelada por Jesús
353. Hemos iniciado nuestra reflexión dejándonos interpelar por Jesús siempre presente, implícita o explícitamente, en la realidad de nuestros pueblos. Él, como a aquellos dos de Emaús, hoy nos pregunta: “¿Qué es lo que vienen conversando?”, ¿qué les ha ocurrido? (Lc 24, 17.19). Y caminando con nosotros, nos invita a contar lo que nos está pasando. Le hablamos entonces de nuestra originalidad latinoamericana, de nuestros valores peculiares, de la debilidad de la fe en Dios, que se deja sentir con fuerza en nuestra sociedad y de las situaciones de dolor y desesperanzas que marcan a tantos hermanos y hermanas del Continente. Le decimos que estamos viviendo un cambio de época que ilusiona a unos y desorienta a otros, y que en dicho cambio de época nosotros, su Iglesia, queremos testimoniar con nuevo ardor y nuevos métodos “el misterio de Jesús de Nazaret Hijo de Dios” (EN 22).
354. Nuestra mirada quiere ser de empatía frente a la realidad, acogiéndola y sin desanimarnos por lo que ocurre. Pero quiere también ser también profundamente crítica, no sólo para percibir los fenómenos, sino para aprehender sus causas y, sobre todo, quiere ser paciente y audaz, para acompañar los ritmos del mundo en que vivimos y aportar la fuerza transformadora del mensaje de Jesús y de la vida nueva en él. Crece en nosotros la esperanza en una vida plena, porque nos mueve la certeza de que Jesús, que ha salido y sigue saliendo al camino de nuestra historia como Señor resucitado, ya venció la muerte y nos pide que no tengamos miedo (cf. Jn 16, 33).
355. De la fecundidad del misterio pascual tenemos innumerables signos en nuestras Iglesias particulares. La encontramos, por ejemplo, en el despertar de tantas comunidades, en la generosidad y la entrega de incontables catequistas, en las celebraciones litúrgicas, en el empeño solidario, en todas las escuelas de discípulos que crecen entre nosotros, ya sea como movimientos eclesiales o de otras maneras, y en todos los bautizados que buscan y encuentran al Señor y se transforman en presencia viva de Cristo para la vida del mundo.
2. Una Iglesia invitada al discernimiento y alimentada por Jesús
356. Jesús nos mira con amor y también con preocupación (cf. Lc 24, 25) por las veces que no discernimos los caminos de su Padre y diluimos la respuesta a los impulsos de su Espíritu. Para iluminar nuestro caminar, el Señor se transforma en nuestra memoria profética y sapiencial y, a la luz de las Escrituras, nos hace presente el proyecto salvador del Padre. Manifiesta que nuestra profunda vocación es estar llamados a ser hijos de Dios y hermanos unos de otros. Nos invita a aceptar el desafío urgente y el compromiso creativo de cuidar y apreciar toda vida humana. Luego, nos hace presente su vida y el sentido de su misterio pascual. Nos pide discernir la realidad como pastores creyentes que denuncian los signos de muerte a la luz del anuncio del plan del Padre, propuesta de vida digna y feliz para todos, particularmente para los desposeídos. Nos invita a discernir como Iglesia, comunidad de los suyos, llamada a ser en el mundo signo del Reino, lugar fraterno de celebración de la fe y de envío misionero.
357. Nada podemos sin el Señor. Como los discípulos de Emaús, clamamos: “Quédate con nosotros” (Lc 24, 29). Quédate con nosotros porque muchas veces el camino se hace oscuro y la tarea pesada, porque sin Ti nuestra vitalidad decae y nuestro ardor desfallece. Y Jesucristo, Cabeza de su Iglesia, no sólo se queda con nosotros, sino “en nosotros” (MND 19). Cada domingo, “día del Señor y de la Iglesia”, el pueblo de Dios celebra la Eucaristía como memorial del misterio pascual de quien ofreció su vida para transformar nuestra vida y la sociedad. La Eucaristía, celebrada con y por el pueblo de Dios, es fuente y epifanía de comunión, sacramento que educa y crea filiación y fraternidad y, por lo mismo, impulso y proyecto de misión.
358. Cuando admirados escuchamos al Resucitado y celebramos la fracción del pan, queremos vivir como discípulos y misioneros. Alimentados por la doble mesa del Pan y de la Palabra, buscamos ser ante todo una “Iglesia discípula”. Iglesia que con “ojos” y “oídos de discípulo” siga atenta el dinamismo de la historia, poniendo su mano en el pulso del tiempo y su oído en el corazón de Dios. Iglesia que con “corazón de discípulo” suscite la admiración y la comunión vital con el Señor, y que con “manos y pies de discípulo” se empeñe con renovado entusiasmo en la trasformación de las realidades de muerte, para que nuestros pueblos en él tengan vida.
3. Una Iglesia enviada por Jesús
359. La cercanía y pedagogía de aquel Peregrino que se puso a caminar con nosotros (cf. Lc 24, 15) hace arder nuestro corazón y da una nueva visión a nuestros ojos. La compañía del Resucitado es nuevamente la motivación para el camino, pero ya no para el que va a Emaús, sino para el que lleva a encontrarse con los hermanos en la fe y compartir el acontecimiento de reconocer al Señor cuando “íbamos de camino” (24, 35). Ahora será de Jerusalén, lugar del misterio pascual, de la irrupción del Espíritu Santo y de la comunidad apostólica, de donde se sale a testimoniar la presencia actual y transformante del Señor de la vida. El nuevo pueblo de Dios, en virtud de la obediencia del Hijo, es hecho pueblo en estado permanente de misión, porque el Espíritu Santo que se le regala no se cansa ni desfallece. En el pueblo de Dios, todo creyente es a la vez discípulo y misionero o bien no es auténtico seguidor de Cristo.
360. Esta inserción en el mundo, desde la comunidad y con el impulso del Espíritu, nos exige una espiritualidad y un estilo de vida marcado por el anuncio kerigmático y misionero. También nos pide valorar y animar la pluralidad de la Iglesia en sus diversas comunidades, ricas en carismas y ministerios. El proyecto del Padre, el acontecimiento salvador del Hijo y la misión a la que el Espíritu impulsa, nos lleva a mirar con renovada esperanza la construcción del Reino en el Continente.
361. Sabemos que nos incumbe la urgente tarea de formarnos como discípulos misioneros. Nadie en la Iglesia se puede marginar de la formación ni de la misión. Asumiendo la historia de nuestros pueblos anhelamos transmitir aquella esperanza que no defrauda (cf. Rom 5, 5): en el encuentro con el Resucitado, tal como para los de Emaús, es posible un ser humano y un mundo nuevos, porque en los albores del siglo XXI es posible un nuevo Pentecostés de abundante vida.
4. Una Iglesia que tiene por modelo a la Madre de Jesús
362. María, madre de los discípulos misioneros, también camina con nosotros. Ella lo hace como discípula, porque ha creído firmemente que lo anunciado por el Señor se cumplirá. Lo hace como misionera, porque -a diferencia de los apóstoles que proclaman la Palabra- da a luz a Jesús, Palabra de Dios, contenido de la proclamación apostólica. Camina con nosotros como mujer solidaria, porque ofrece su ser, su intercesión y sus santuarios para atender nuestras necesidades. Camina como nueva Arca de la alianza, habitada por la Palabra viva de Dios, y como sierva del Señor, que por su escucha y obediencia tiene la experiencia de grandes cosas que el Poderoso hace en ella y con ella. Ella es por sobre todo modelo del discípulo misionero que abre su vida al acontecimiento salvífico trinitario.
363. María, la madre de la Iglesia, acompaña a apóstoles y discípulos en Pentecostés. Con ellos espera la luz plena que proviene del Espíritu (cf. Jn 14, 25; 16, 13). Como ellos, realiza el proceso característico de una fe que crece en la comprensión y práctica del proyecto salvador del Padre (cf. Lc 8, 15.21).
364. Que la Inmaculada Concepción que veneramos en Aparecida, que concibió primero a Jesucristo en el corazón y después en sus entrañas, sea madre y modelo de fecundos discípulos misioneros y de significativos itinerarios pastorales y espirituales para que todos nuestros pueblos, que tanto veneran a su Madre, tengan vida en Jesucristo.
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