Mis buenos hermanos en el Episcopado, Sacerdotes y Laicos, presentes en este Santuario, como también todos aquellos que tanto en Aparecida como fuera del país están compartiendo este hermoso acta litúrgico a través de la Televisión y la Radio.
Todos nosotros miembros de esta Iglesia Católica que peregrina por el mundo gozamos de algo especial de parte de Dios: Somos llamados. Y el mismo señor se encarga de decírnoslo: No son ustedes los que me han escogido soy yo quien los he escogido”.
Esa es la pedagogía del Señor, es él el que llama. Por eso el que hoy estemos reunidos para celebrar esta V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, no es fruto del discernimiento y decisión de nosotros los obispos, sino el deseo del mismo Cristo, quien como lo hizo con Pedro, Santiago y Juan, los llamó porque él quiso. Que hermoso mis buenos hermanos, que sintamos la alegría de haber sido convocados por él y mucho mas hermoso, el poder estar con él.
Los momentos de oración, la celebración de la Eucaristía y nuestra convivencia es parte de ese estar con él. Acaso ésto no es actitud del ser Discípulo de Cristo?
El texto de la primera lectura nos recuerdo el gesto de Pablo: Convocó a los presbíteros de la Iglesia de Efeso. Comparte la alegría de su trabajo y el gozo de cumplir la misión que recibió del Señor Jesús: Dar testimonio de la Buena noticia de la gracia de Dios.
Y es que no hay duda el Señor nos llama, para estar con él y enviarnos a compartir con los otros su mensaje y su persona. La celebración de su Ascensión a los cielos es muy clara, tal como nos la narra San Marcos: Id pues... a todas las gentes enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado.
El estar con él nos compromete a no quedarnos callados, sino a ir por el mundo y compartir las maravillas que él esta haciendo y quiere hacer con nosotros, con nuestras vida y con el mundo.
Pero también mis buenos hermanos, en esta obra no estamos solos, su compañía nos ha sido prometida: Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo. Si, él y el Espíritu Santo son nuestra permanente compañía, no estamos solos, no caminamos solos. Quizá nos puede suceder en algunos momentos como a los discípulos de Emaús, que se sintieron abandonados, pero allí iba él a su lado caminando en silencio.
Y su preocupación: Yo ruego por ellos... Padre Santo, cuida en tu nombre a aquellos que me diste, para que sean uno, como nosotros.
El papa Paulo VI, en una ocasión dijo: “Después de Pentecostés, la iglesia está en manos del Espíritu Santo”. No dudo que si somos dóciles instrumentos del Espíritu Santo, esta iglesia que peregrina en nuestro continente de la esperanza y del amor, llegará feliz a la meta trazada por su fundador.
Que nuestra Madre la Santísima Virgen, que hoy honramos bajo la advocación de Aparecida, interceda por todos nosotros, por nuestras iglesias particulares, para que al igual que ella, escuchemos lo que él nos dice, aunque no lo comprendamos, y corramos presurosos llevando alegría a los hermanos a los cuales su hijo nos ha enviado.