V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe
 
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Homilía del Mons. Fernando Sáenz Lacalle - 18 de mayo de 2007 PDF Imprimir E-Mail

EL SEÑOR ESTÁ CERCA DE NOSOTROS

Las lecturas que acabamos de escuchar, suponen un gran aliciente para la tarea de esta V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe.

Nos detenemos a considerar los incidentes ocurridos en Corinto que la PRIMERA LECTURA nos describe. La experiencia de San Pablo nos permite apreciar la acción divina y la correspondencia humana en la misión apostólica.

El Apóstol, muy sensible a los acontecimientos, había llegado a Corinto después del escaso éxito de su predicación en Atenas.  Le falta el ánimo.  Él mismo escribió a los Corintios: “Me presenté ante ustedes débil, tímido y tembloroso”  (I Cor. 2, 3).

Hubiese deseado empapar de espíritu cristiano el pensamiento clásico, como más tarde lograrían hacerlo San Agustín y Santo Tomás de Aquino.

Apenado por su poco éxito en Atenas, capital del mundo intelectual de su tiempo, llega a Corinto, un puerto famoso por su abundante comercio y su ambiente licencioso.

Pero el Señor había trazado en su Providencia un plan de salvación para Corinto y para toda la Iglesia.  La misión apostólica de Pablo en Corinto tiene gran influencia en la vida de todos nosotros en razón de las dos cartas en las que el apóstol, bajo la inspiración del Espíritu Santo, transmitió su experiencia pastoral.

Ante las dificultades no falta la especial gracia y ayuda divinas: “Pablo tuvo una visión nocturna en Corinto, en la que le dijo el Señor: «No tengas miedo.  Habla y no calles, porque yo estoy contigo»”.

¡Cuántos de nosotros necesitamos las mismas palabras de aliento del Señor en estos días!  Nos las dice, a través de la Liturgia de la Palabra en esta gran Asamblea: Hablen y no callen.  Yo estoy con ustedes.  También se refieren a nuestras ciudades y naciones las palabras de Jesús que hemos escuchado: “Muchos de esta ciudad pertenecen a mi pueblo”.  Todos los habitantes de este continente son destinatarios del Evangelio.  Hemos de reevangelizar nuestros países.

El Siervo de Dios, Juan Pablo II, al final de su fructífero y heroico pontificado prestó especial atención a los Obispos y sacerdotes.  A los Obispos nos exhortó a llevar a cabo una pastoral de esperanza.  Con su intuición de hombre de Dios y poeta, el Papa había experimentado durante toda su vida que “cor ad cor loquitur” y que en la Iglesia, el Obispo y el sacerdote deben llevar siempre a los fieles un mensaje de ánimo y esperanza.

La visión de San Pablo nos consuela y nos hace reflexionar que, por más difícil que sean las situaciones de sociedad, siempre Jesucristo nos alienta: No tengan miedo, sigan predicando porque yo estoy con ustedes.

EVANGELIZAR CON AMOR Y SACRIFICIO

A través de la narración que nos transmite el EVANGELIO, somos partícipes del diálogo íntimo de Jesús con sus apóstoles recogido en los discursos de despedida recopilados por San Juan.

Los apóstoles habían gozado durante una larga temporada de la compañía de Jesús a la que se habían acostumbrado.  Habían escuchado su predicación, habían admirado sus milagros, habían recibido tantas atenciones personales del mismo Hijo de Dios. Debían estar preparados para afrontar el escándalo de la Cruz y la ausencia física del Señor.  Aún después de la Resurrección, sólo esporádicamente podrán conversar con él.  Unas semanas más tarde, Jesús ascenderá a los cielos y ellos  –asistidos por el Espíritu Santo–  serán los responsables de emprender la Evangelización del mundo entero.  De estas tierras americanas no se tenía entonces noticias en el Antiguo Continente, pero estaba previsto en los planes de Dios que el Evangelio iluminaría las mentes y encendería los corazones de sus habitantes.

Ante el anuncio de la separación de Jesús, la tristeza invade los corazones de sus discípulos.  Pero el Señor les anuncia la alegría: para dar ánimo a los apóstoles y para darnos ánimo a nosotros, Jesús utiliza una imagen tomada de la vida.  La tristeza que sentimos se asemeja a los dolores del parto.  Estamos trabajando en la redención del mundo actual y, por supuesto, tropezamos con muchas dificultades.  No es nuestro sufrimiento superior, ni mucho menos a los sufrimientos que Jesús soportó para la redención de la humanidad.

Pero pronto nos alegraremos.  Es la promesa del Señor y eso es lo que nuestra fe nos anuncia.  Estamos experimentando un cambio de época en un mundo que ha sido redimido y, por supuesto, hay dificultades.  Pero tenemos esperanza.  Con ayuda del Espíritu Santo, esta V Conferencia debe suponer un relanzamiento de la gran tarea misionera que corresponde a todos los discípulos de Jesucristo para que nuestros pueblos, en Él, tengan vida.

Necesitamos llenar de esperanza nuestros corazones, para que la sepamos transmitir a cuantos nos rodean.

El lema de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe nos pide que “seamos discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblo en Él tengan vida”.
La primera evangelización tuvo que enfrentar el mundo pagano greco-romano que por la corrupción de costumbres imperante, bien se podrá calificar como cultura de la muerte.

No es muy distinto el panorama que se presenta ente nuestros ojos. Poco a poco las legislaciones van aceptando el aborto y la eutanasia. Los más indefensos son las víctimas de la cultura del tener y del placer que se impone a través de los medios de comunicación social con la complicidad de gobiernos y legisladores.
La corrupción de costumbres y, de nuevo, los medios de comunicación social, crean un ambiente de pecado que roba la gracia de Dios del alma de nuestros niños, jóvenes y mayores.

La Iglesia y sus ministros, obispos y sacerdotes, tenemos la tarea titánica de alentar a nuestros fieles a navegar contracorriente y a vivir, con ayuda de los sacramentos, en unión con Dios que nos da la fuerza de ser sal y levadura para transformar este mundo paganizado en un mundo cristiano.

Ya lo hicieron los primeros seguidores de Cristo, con el aliento de los Apóstoles. Contaban con la fuerza de Jesucristo que había prometido a Pablo en Corinto: “No tengas miedo, habla y no calles. Porque yo estoy contigo”.

Jesús nos anuncia además  –y debemos tenerlo muy en cuenta–  que este mundo pasará, mejor dicho, cada uno de nosotros irá pasando por este mundo en el que abunda el esfuerzo, el sufrimiento, y hasta el posible fracaso de una u otra iniciativa apostólica.  Pero, como sucede con el embarazo, al final llega el nacimiento: “Cuando una mujer va a dar a luz, se angustia, porque le ha llegado su hora, pero una vez que ha dado a luz, ya no se acuerda de su angustia, por la alegría de haber traído un hombre al mundo.  Así también ahora ustedes están tristes, pero yo los volveré a ver, se alegrará su corazón y nadie podrá quitarles su alegría”.

Como a los apóstoles, el Señor nos anuncia dificultades y sufrimientos en la tarea apostólica.  Pero nos promete indescriptibles alegrías en este mundo... y nos promete la vida eterna donde nadie podrá quitarnos la alegría.  ¡Vale la pena!

Es preciso que demos gracias al Señor por la esperanza que invade nuestros corazones.  Debemos agradecer a Dios este gran don y pedírselo también para los demás.

Es un gran privilegio servir en la Iglesia. Participar de esta gran asamblea supone una gracia extraordinaria.  El Señor, que siempre nos cuida, está muy cerca de nosotros.  El versículo del Evangelio de San Juan que sigue al párrafo que hoy se ha proclamado, es motivo de gran esperanza: “Yo les aseguro: cuanto pidan al Padre en mi nombre se lo concederá”.

Pidamos al Señor con insistencia que esta V Conferencia General de Episcopado Latinoamericano y del Caribe suponga un punto de ignición que lleve a todo el Continente la fe en Cristo Jesús, la esperanza de un mundo mejor, la caridad, que se expresa en ardiente amor a nuestro Padre Dios y a nuestros hermanos.

Que María Santísima, Inmaculada en Concepción, aquí invocada con el título de Aparecida nos conduzca de la mano, «IPSA DUCE!», por el camino de la fidelidad a nuestra vocación cristiana, a la gran empresa de la misión continental que nos espera.

ASÍ SEA.

 

+Fernando Sáenz Lacalle
Arzobispo de San Salvador
Presidente de la Conferencia Episcopal

 
 
   
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