Homilía de Monseñor José Luis Lacunza - 23 de mayo de 2007
Queridas Hermanas y queridos Hermanos:
En Brasil y otros varios países de América Latina y El Caribe, la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos se lleva a cabo en esta semana previa a la Solemnidad de Pentecostés. Estando reunidos en la V Conferencia General del Episcopado de América Latina y El Caribe, es justo que dediquemos una de nuestras celebraciones a orar haciendo nuestra la petición de Jesús en la Última Cena: « Que todos sean uno » (Ut unum sint »).
El Siervo de Dios, Juan Pablo II, en su Encíclica « Ut unum sint », explicaba así el sentido de la oración del Señor: « Jesús mismo antes de su Pasión rogó para : «que todos sean uno» (Jn 17, 21). Esta unidad, que el Señor dio a su Iglesia y en la cual quiere abrazar a todos, no es accesoria, sino que está en el centro mismo de su obra. No equivale a un atributo secundario de la comunidad de sus discípulos. Pertenece en cambio al ser mismo de la comunidad. Dios quiere la Iglesia , porque quiere la unidad y en la unidad se expresa toda la profundidad de su ágape. En efecto, la unidad dada por el Espíritu Santo no consiste simplemente en el encontrarse juntas unas personas que se suman unas a otras. Es una unidad constituida por los vínculos de la profesión de la fe, de los sacramentos y de la comunión jerárquica. Los fieles son uno porque, en el Espíritu, están en la comunión del Hijo y, en Él, en comunión con el Padre: « Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo, Jesucristo » (I Jn 1, 3). Así pues, para la Iglesia católica, la comunión de los cristianos no es más que la manifestación en ellos de la gracia por medio de la cual Dios los hace partícipes de su propia comunión, que es su vida eterna. Las palabras de Cristo « que todos sean uno » son pues la oración dirigida al Padre para que su designio se cumpla plenamente, de modo que brille a los ojos de todos « cómo se ha dispensado el Misterio escondido desde siglos en Dios, Creador de todas las cosas » (Ef 3, 9). Creer en Cristo significa querer la unidad; querer la unidad significa querer la Iglesia ; querer la Iglesia significa querer la comunión de gracia que corresponde al designio del Padre desde toda la eternidad. Este es el significado de la oración de Cristo: « Ut unum sint » (UUS 9) » .
San Agustín decía, en frase que ha sido recogida en documentos oficiales de la Iglesia , que la Eucaristía es « sacramentum pietatis, signum unitatis et vínculum caritatis » (« sacramento de piedad, signo de unidad y vínculo de caridad »). ¿Qué mejor momento, pues, para sentir nostalgia de la unidad perdida que cuando nos reunimos en torno a la Mesa del Señor, a participar en el Pan de la Unidad ? Es aquí y en este momento cuando sentimos que la ‘Mesa' no está completa, que hay asientos vacíos. Y ¿qué momento mejor para sentir la necesidad y la urgencia de comprometernos a poner en juego todas nuestras energías para recuperar la unidad perdida? ¿No es verdad que aquí y ahora todos sentimos una mezcla de dolor y anhelo?
Es lo que expresaba el Papa Benedicto XVI, en la « Sacramentum Caritatis », al hablar de la participación en la Eucaristía : « Al tratar el tema de la participación nos encontramos inevitablemente con el de los cristianos pertenecientes a Iglesias o Comunidades eclesiales que no están en plena comunión con la Iglesia Católica. A este respecto, se ha de decir que la unión intrínseca que se da entre Eucaristía y unidad de la Iglesia nos lleva a desear ardientemente, por un lado, el día en que podamos celebrar junto con todos los creyentes en Cristo la divina Eucaristía y expresar así visiblemente la plenitud de la unidad que Cristo ha querido para sus discípulos (cf. Jn 17,21). Por otro lado, el respeto que debemos al sacramento del Cuerpo y Sangre de Cristo nos impide hacer de él un simple « medio » que se usa indiscriminadamente para alcanzar esta misma unidad. En efecto, la Eucaristía no sólo manifiesta nuestra comunión personal con Jesucristo, sino que implica también la plena communio con la Iglesia. Éste es, pues, el motivo por el cual, con dolor pero no sin esperanza, pedimos a los cristianos no católicos que comprendan y respeten nuestra convicción, basada en la Biblia y en la Tradición. Nosotros sostenemos que la comunión eucarística y la comunión eclesial se corresponden tan íntimamente que hace imposible generalmente por parte de los cristianos no católicos la participación en una sin tener la otra.» (SC 56).
También el Apóstol, en la despedida de Mileto, como lo hemos escuchado en la primera lectura, siente la angustia por la suerte de la Iglesia que, adquirida « con la sangre de su propio Hijo », es una realidad tan preciosa que debe provocar una gran responsabilidad de quienes la presiden, los cuales deben vigilar « día y noche », « con lágrimas » para preservar el rebaño. Así nos lo recuerda « El Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos » al decir: « El Obispo extienda su celo y su caridad pastoral a los miembros de las Iglesias y comunidades cristianas no católicas » (207), para lo cual promoverá la formación ecuménica de todos los miembros de la comunidad, favorecerá el ejercicio práctico del ecumenismo y la colaboración ecuménica con otros cristianos.
No exentas de ese mismo dolor aparecen las palabras del Concilio: « Sin embargo, las divisiones de los cristianos impiden que la Iglesia lleve a efecto su propia plenitud de catolicidad en aquellos hijos que, estando verdaderamente incorporados a ella por el bautismo, están, sin embargo, separados de su plena comunión. Más aún, a la misma Iglesia le resulta muy difícil expresar, bajo todos los aspectos, en la realidad misma de la vida, la plenitud de la catolicidad. Este Sacrosanto Concilio advierte con gozo que la participación de los fieles católicos en la acción ecumenista crece cada día, y la recomienda a los Obispos de todo el mundo, para que la promuevan con diligencia y la dirijan prudentemente » (UR 4).
La VCG de Aparecida quiere ser un nuevo Pentecostés para esta Iglesia de América Latina y El Caribe. Es significativo que, como en el primer Pentecostés, estemos reunidos con la Madre , María. Cada una de nuestras Iglesias vive en torno a María. Los panameños y panameñas la veneramos bajo el título de « Santa María La Antigua », en recuerdo de la imagen que los conquistadores trajeron al suelo istmeño y que dio el nombre a la primera Iglesia de Tierra Firme (1513), de la cual es heredera y sucesora la Arquidiócesis de Panamá.
Es curioso que muchas veces, la figura de María haya sido puesta o usada como contrapunto a la acción ecuménica. Déjenme terminar con una doble consideración. La primera, de índole teológica: María es el primer criterio de autenticidad cristológica. No en vano, cuando la Iglesia quiso definir la realidad de Cristo, Concilio de Éfeso, promulgó que María es la « theotokos », la Madre de Dios. Con razón, pues, San Agustín, decía: « Si es falsa la Madre es falso el Hijo. Y si es falso el Hijo es falso todo: es falsa su muerte, su resurrección, la Iglesia , los sacramentos, la redención ». La segunda, de índole sentimental: en el lenguaje popular, solemos decir que en la puerta del cielo estará San Pedro con el libro de la vida en la mano, chequeando quién es o no digno de entrar en el Reino de los cielos. Con todo respeto a San Pedro, creo que eso no es así. Creo que quien estará en la puerta será la Madre , María, dándonos a todos su abrazo y beso maternal y la mejor bienvenida a la Casa del Padre. Que Ella nos dé entrañas maternales para sentir la urgencia de reunirnos todos, sin falsos irenismos, en torno a la Mesa. Amén.