V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe
 
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Homilía de Mons. Álvaro Leonel Ramazzini Imeri - 25 de Mayo de 2007 PDF Imprimir E-Mail

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(Fue leída, en ausencia de  por enfermedad,
por Mons. Julio Cabrera, Obispo de Jalapa, Guatemala)

Monseñor Álvaro Leonel Ramazini ImeriHermanos y hermanas:

Por mi medio, Mons Álvaro Ramazini los saluda y se excusa por no poder presidir esta Eucaristía, por razones de salud. Él ha escrito esta homilía que yo comparto hoy con ustedes.

Tres veces pregunta Jesús a Pedro si lo ama. Tres veces Pedro responde que sí, reparando así su triple negación durante la Pasión del Señor. Las preguntas vienen después que el Señor les ha preparado unas brasas, un pez sobre ellas y pan.

Es Pedro mismo quien ha sacado la red a tierra llena de 153 peces grandes, símbolo de los futuros discípulos de Jesús. Este pasaje se ha interpretado normalmente en referencia personal a Pedro, y se ha singularizado su aplicación a su sucesor, el Papa. Sin embargo, nada impide ver en estas declaraciones de amor, a las que sigue el encargo de Jesús a Pedro de cuidar y apacentar sus ovejas, el fundamento del ministerio pastoral en la Iglesia, comenzando por el ministerio episcopal.

Nuestro ministerio se funda en un discipulado de amor. La historia de nuestras vidas como pastores es una historia de amor entre cada uno de nosotros y Aquél que nos conocía antes de haber sido formados en el seno de nuestras madres. Ésta es también la historia de la vocación a la vida consagrada.

Nuestras vidas encuentran su sentido más profundo en el amor total, incondicional, a Aquél que nos amó primero dando su vida en la cruz. Lo amamos porque Él nos ama y la medida de su amor es amarnos sin medida. Éste es el fundamento de la vida cristiana.

Hemos venido a Aparecida porque queremos decirle al mundo entero que estamos convencidos que solamente la sabiduría y la fuerza del amor, que es Dios mismo, reorientará el rumbo de la historia, y vencerá el odio, la violencia, la injusticia y la mentira. Pero el mundo de hoy, más que palabras, necesita de hechos. Ya lo dice el refrán: “obras son amores y no buenas razones”. Y ahí entramos nosotros.

Como cristianos, y como obispos, o presbíteros, o personas de la vida consagrada, nuestra condición de discípulos nos exige ser testigos del amor de Dios prologando su amor en la historia, especialmente hacia los más pobres y marginados. O, como escuchábamos en una de las intervenciones, nuestro amor a aquéllos que ya no solamente son excluidos, sino totalmente considerados como sobrantes, ya que no cuentan para nada.

Hoy, como a Pedro, el Señor nos pregunta: “¿me amas?”. Con toda modestia, sabiéndome el más indigno de todos, permítanme que comparta con ustedes algunos puntos de referencia para dar una respuesta honesta al Señor.

Si seguimos manteniendo en nuestras relaciones interpersonales el formalismo y el protocolo de los títulos en lugar del protocolo de la hermandad verdadera, llamándonos de corazón “hermanos”, “amigos”, ¿podemos decirle al Señor que lo amamos?

Si no ayudamos a resolver el problema de la grave e injusta distribución del clero en nuestras iglesias particulares, ¿podemos decirle a Jesús que lo amamos porque creemos que en la Eucaristía Él actualiza el misterio de su pasión, muerte y resurrección, y queremos que a nadie falte la posibilidad de participar en ella?

Si no nos comprometemos activamente en ayudar a eliminar las causas por las cuales millones de personas mueren de hambre o de frío, o viven en condiciones inhumanas, o tienen que emigrar a otros países porque en el propio no encuentran lo que necesitan para vivir dignamente, ¿podemos decirle a Jesús que lo amamos?

Si somos rígidos y duros en nuestros juicios contra aquellos que consideramos pecadores, heterodoxos, y los condenamos y discriminamos; si hacemos del monólogo nuestra herramienta preferida; si vemos la realidad del mundo desde el castillo de nuestra verdad sin animarnos a bajar a la llanura del sufrimiento y la desesperanza de conocidos y extraños, ¿podemos decirle a Jesús que lo amamos?

La radicalidad de nuestras opciones, vividas día a día en el estilo de Jesús delante de los tantos desafíos y retos que el momento actual nos presenta, es la medida de nuestro amor hacia Él.

Jesús termina anunciándole a Pedro que cuando sea viejo lo atarán y lo llevarán donde él no quiere. Le deja la consigna de “Sígueme”. El pastor sigue a Jesús porque lo ama, y lo sigue también como discípulo para aprender a ser pastor como él. Como hizo Pablo, prisionero por Cristo delante de Festo, de Agripa y Berenice.

Para Pablo, como para otros muchos testigos de la fe en nuestro querido continente, incluidos aquellos obispos que dieron su vida por Él - y quisiera recordar hoy de manera especial a dos obispos centroamericanos, Monseñor Óscar Arnulfo Romero y Monseñor Juan Gerardi Conedera -, su vida fue Cristo, y por Él dieron su vida.

Jesús nos dé la fuerza para hacer lo mismo.

 
 
   
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