V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe
 
Boletín :: Suscríbase
RSS - Actualizaciones
Noticias en su escritorio
Visitantes
 
   
  Inicio arrow Intervenciones V Conferencia arrow Homilías arrow Homilía del Arzobispo Roberto Octavio González Nieves, OFM - 30 de mayo de 2007  
 
Homilía del Arzobispo Roberto Octavio González Nieves, OFM - 30 de mayo de 2007 PDF Imprimir E-Mail

Descargar MP3 - Galería - Nota de Prensa

¡Somos discípulos y discípulas, misioneros y misioneras para que nuestros pueblos en Jesucristo tengan vida en abundancia!

Queridos hermanos y hermanas:

El tema de esta celebración eucarística – la Evangelización de los pueblos – esta tomado de la lectura del Evangelio que acabamos de escuchar. Son las últimas palabras de Jesús Resucitado, según el evangelio de San Mateo, encargando a sus apóstoles la misión de evangelizar a todos los pueblos del mundo.

Esta evangelización consiste en “hacer discípulos” de Jesús. El propósito de la evangelización no consiste, por lo tanto, solamente en proclamar el mensaje de Jesús, sino en “hacer discípulos,” es decir, en crear una postura hacia la vida, una manera de ver, sentir y juzgar todo lo que pasa, desde la experiencia de la victoria de Cristo sobre la muerte. Por eso la evangelización no se agota en la fe de un individuo aislado, sino que trasciende hacia la creación de una identidad basada en una historia común, una experiencia de “pertenecer” a un solo pueblo en medio de las naciones y culturas humanas. Sin esta experiencia de pertenencia, no se puede decir que la evangelización haya llegado a su meta.

El fruto de la evangelización es la creación de una Iglesia-comunión. Evangelizar a los pueblos es sembrar en sus corazones la semilla de la resurrección de Jesús, ya que el fruto de la resurrección de Cristo es la creación de la Iglesia que es su Cuerpo Resucitado.

El Senor Resucitado encomienda esta misión a sus apóstoles, después de asegurarles que había recibido toda “autoridad en el cielo y sobre la tierra.” Los orígenes de la palabra “autoridad” se refieren al poder de “hacer crecer”, intensificar o aumentar la vida. No es cuestión de limitar la libertad, sino de rescatarla y fortalecerla. Por eso la libertad absoluta de Dios no está en conflicto con la libertad humana, sino que siendo Dios amor absoluto , su “autoridad” crea y protege la libertad humana. Los que escuchaban a Cristo se maravillaban de cómo hablaba con autoridad, y no como algunos de los maestros oficiales de la ley de Dios.

Durante las sesiones de esta Quinta Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, nos han ayudado muchísimo las palabras del Santo Padre Benedicto XVI, pronunciadas en la inauguración de nuestro encuentro que, según creo, aclaran los componentes de la auténtica obra evangelizadora a la cual nos llama el Señor. Permítanme repetir hoy, y casi al final de nuestras labores, algo de lo que dijo el Santo Padre al inicio de esta Quinta Conferencia.

Yendo al corazón de nuestra misión evangelizadora, el Papa reconoce que ésta debe arraigarse en un verdadero deseo de nuestros corazones en compartir con otros la belleza y el poder de vida que hemos encontrado en Jesús. Anhelamos ser discípulos y misioneros de Cristo “porque queremos encontrar en nuestra comunión con Él la vida, la verdadera vida digna de este nombre, y por eso queremos darlo a conocer a los demás, comunicarles el don que hemos hallado en él.”

Si nuestra obra evangelizadora no se nutre de esta experiencia de verdadera vida, si nuestra autoridad no es reflejo de la autoridad que ha recibido el Resucitado del Dios que es amor absoluto, la evangelización degeneraría en proselitismo y propaganda religiosa; la gente se mostraría reacia al mensaje; y se resistiría comprensiblemente a nuestra autoridad, como si ésta fuera una limitación a la libertad. La autoridad de la proclamación evangélica es la autoridad del anuncio de un acontecimiento: el ser llamado, escogido por Cristo para formar la Iglesia que es su Cuerpo.

“Hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,” nos pide el Señor en el evangelio, confirmando que la incorporación a la Iglesia por medio del Bautismo es esencial para una verdadera evangelización.

Por eso el Santo Padre Benedicto XVI, al responder a la pregunta: ¿Qué nos da la fe en este Dios revelado en Cristo?, afirmó sin ambages: “La primera respuesta es: nos da una familia universal de Dios en la Iglesia Católica. La fe nos libera del aislamiento del yo porque nos lleva a la comunión, el encuentro con Dios es en sí mismo y como tal encuentro con los hermanos, un acto de convocación, de unificación, de responsabilidad hacia el otro y hacia los demás.”

Hermanos y hermanas, quisiera subrayar la importancia de esta inseparabilidad entre evangelización, formación de la Iglesia y la opción preferencial por los pobres. De hecho, es dentro del milagro de esta formación de la Iglesia, fruto de la Resurrección de Cristo, que todo esfuerzo por defender la dignidad y los derechos de la persona humana se libra totalmente de preferencias ideológicas y comienza a crear la cultura que responde verdaderamente a la totalidad de la realidad.

Por esa razón, nos recordó el Papa: “Si no reconocemos a Dios en Cristo y con Cristo, toda la realidad se convierte en un enigma indescifrable, no hay camino, y si no hay camino, no hay ni vida ni verdad.” Hermanos, no dudemos a la hora de insistir en este punto una y otra vez. Sin esta convicción, la evangelización se convierte en vano espiritualismo o en cruda política. Me atrevo decir que el futuro de la Iglesia en nuestro Continente dependerá de cómo comprendamos y respondamos a esta verdad.

Las palabras del Resucitado en el evangelio nos demuestran que la pertenencia a la Iglesia es la manera de gozar de la compañía de Jesús (“Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo.” ), para ser educados por esa misma experiencia de compañía en el modo de ver la realidad, de juzgar todo lo que acontece y de responder adecuadamente: “enseñándoles a guardar todo lo que les mande.”.

El seguimiento de Cristo ―sequela Christi―, dentro de la comunión que es la Iglesia, es una educación sobre el ver y vivir la realidad: la realidad de lo que nos rodea, la realidad de nuestro origen y nuestro destino.

Me parece oportuno mencionar al respecto el valor evangelizador y, por lo tanto, educativo de los sacramentos, especialmente de la liturgia eucarística. Tengo en mente la vida y obra del primer puertorriqueño elevado a los altares, el Beato Carlos Manuel Rodríguez, nacido en 1918, fallecido en 1963, y beatificado en el año 2001.

El Beato Carlos Manuel se dedicó por entero a Dios, como un laico al servicio de la Iglesia de Cristo. Fue un iluminado por su fe en la Resurrección y su amor profundo al Misterio Pascual. “Vivimos para esa noche”, decía de la Vigilia Pascual. Realizó su principal labor apostólica en el Centro Católico Universitario de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras, donde propició la fundación de los Círculos de Cultura Cristiana, acentuando la importancia de la liturgia de la Iglesia, sobre todo, la liturgia pascual. “La liturgia,” recalcaba, “es tan sobrenatural, que puede decirse que existe realmente en nosotros, que está impresa en nosotros como una consecuencia de los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación.” Por eso, según el Beato Carlos Manuel, conocer la liturgia era conocer el misterio de la persona humana.

Hermanos y hermanas, no tengamos miedo de decir continuamente lo siguiente: En fin de cuentas, son los santos y las santas los que cambian el mundo, haciéndolo verdaderamente más humano, justo y solidario, derritiendo la oposición a la paz y la caridad con el calor del amor divino que llevan en sus corazones. Celebremos esta Eucaristía con ellos, a quienes confiadamente encomendamos el fruto de las labores de esta V Conferencia, poniendo nuestra esperanza en las manos de María Santísima.

Cristo Jesús e a Virgen de Aparecida vos abençoe.

 
 
   
© Copyright 2005/2008 CELAM Todos los Derechos Reservados
V Conferencia ha sido desarrollada por VE Multimedios