V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe
 
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Homilía del Presidente del CELAM en misa de apertura de la reunión de Coordinación General PDF Imprimir E-Mail
A continuación presentamos el texto de la homilía que ofreció dom Raymundo Damasceno Assis, Presidente del CELAM, en la misa de apertura de la Reunión de Coordinación.

Con esta celebración eucarística iniciamos la primera Reunión General de Coordinación de los nuevos dirigentes del CELAM, elegidos para el próximo cuatrienio. Unidos a Cristo, que se ofrece al Padre y reza por y con nosotros, pedimos a Dios en esta Eucaristía que nos asista con su gracia en nuestros trabajos en pro de la Iglesia en nuestro continente. En este ministerio estamos en comunión con el Vicario de Cristo, el Papa Benedicto XVI.

 Invocamos también a la Santísima Virgen Maria, venerada en nuestras tierras con los títulos de Nuestra Señora de Guadalupe, de Nuestra Señora Aparecida, y con muchas otras advocaciones, igualmente queridas en nuestras Iglesias, para que proteja nuestros trabajos, especialmente los que serán desarrollados en los próximos tres días y que tiene por objetivo la elaboración y aprobación del Plan Global para el cuatrienio que se inicia. Nuestra tarea será pautada por el Documento Final de la V Conferencia y por las enseñanzas y orientaciones del Papa Benedicto XVI en su visita apostólica al Brasil, para inaugurar la V Conferencia en Aparecida.

 En el momento en que iniciamos nuestra reunión, sentimos el deber de realizar una solemne proclamación al episcopado de América Latina y del Caribe: con el propósito de servir a las Conferencias Episcopales, el CELAM, de acuerdo con su finalidad, se compromete a animar, impulsar y acompañar la Misión Continental, consciente de que los protagonistas de esa tarea son las Conferencias Episcopales y las Iglesias particulares de cada país.

 Queridos hermanos, la liturgia de la Palabra de este día nos ofrece un texto del libro de los Números y un texto del evangelio de Mateo.

La primera lectura, extraída del libro de los Números (12, 1 – 13), presenta una crítica de Aaron y María a los hermanos de Moisés. Ellos recriminan el privilegio concedido a Moisés de hablar en nombre de Dios y de comunicar Sus orientaciones y decretos al pueblo de Israel.

 La reacción divina a esa actitud fue violenta: “La cólera del Señor se encendió contra ellos”, registra el libro de la Sagrada Escritura (Nm 12,9). María fue alcanzada por la lepra. No obstante, Moisés, hombre humilde y manso, suplica al Señor Dios la curación de la hermana.

 El texto sagrado condena vehementemente la crítica injusta y destructiva y la considera susceptible de punición. Es admisible, además, que la crítica y la contestación hechas de manera constructiva puedan ser útiles y, a veces, hasta necesaria. Citemos, por ejemplo, la crítica o la contestación hecha a la autoridad opresora, arbitraria o que procura solamente los propios intereses, en vez de servir al bien común de la sociedad. Por ello, la conducta de Moisés constituye un paradigma en esta cuestión: él mismo aceptó la crítica de su suegro, Jetró, cuando este le ponderó que no estaba bien juzgar por si solo las cuestiones del pueblo. Jetró sugirió a Moisés que dividiera la autoridad con personas que pudieran ayudarlo en el juzgamiento de las cuestiones comunes al pueblo y que reservase para sí apenas las cuestiones más graves. Moisés atendió al consejo de su suegro e hizo lo que le había sido recomendado.

También nosotros, en nuestra convivencia, en nuestros encuentros y actividades, podemos tener puntos de vista diferentes y complementarios, sea en el ámbito personal, sea en el campo teológico – pastoral. Lo importante es que ellos no nos dividan o nos opongan los unos a los otros, sino más bien contribuyan a una mayor comunión, a un enriquecimiento mutuo y al bien pastoral de nuestro pueblo.

 En el evangelio que acabamos de escuchar (Mt 14, 22-36), Jesús ordena a los discípulos que partan para la otra orilla del mar de Genezareth, mientras él despide a la multitud. Se destaca que Jesús jamás abandonó a los que le seguían. En el relato que se nos presentó hoy, se ve que Jesús se aparta de la multitud apenas por un momento, para quedarse a solas con el Padre, en oración.

Cumpliendo la orden del Maestro, los discípulos dejan la tierra firme, suben a la barca y reman mar adentro, rumbo a la otra orilla, para esperar a Jesús. Solos en pleno mar, sin la compañía del Maestro, sienten la amenaza de las olas agitadas por el fuerte viento. Jesús, sin embargo, no abandona a los discípulos. De madrugada, caminando sobre el mar, va a su encuentro y a socorrerlos.

 Un  hombre caminando sobre las aguas es, sin duda, algo muy extraño. Según el relato evangélico, a semejanza de otras apariciones pascuales, los discípulos no reconocen a Jesús cuando El se aproxima. Lo confunden con un fantasma proveniente de otro mundo. No perciben que es Dios quien les viene al encuentro.

 Jesús, luego se les da a conocer: “Soy yo” (Mt 14,27). Es la misma fórmula usada por Dios en el monte Orbe, cuando Moisés preguntó al Señor: “Si los israelitas me preguntan cuál es el nombre del que me envió para liberarlos de la esclavitud de Egipto, que les debo responder?” El Señor dijo a Moisés: “Yo Soy me envía a ustedes” (Ex 3,14).

El texto de Mateo expresa la convicción de los discípulos, manifestada precisamente antes de la Pascua, de que Jesús tenía una misión especial y está en íntima relación con el Padre. Por eso, el acto de fe de los que estaban en la barca: “verdaderamente, tu eres el Hijo de Dios”.

Pedro, confiando en la presencia y en el poder de Jesús, obedece su orden, desciende de la barca y se arriesga a caminar sobre las aguas en dirección a Jesús. Su poca fe, casi lo hace hundirse, si no fuera porque Jesús le tendió la mano y lo aseguró por el brazo.

Queridos hermanos: las dificultades que hoy enfrentamos en la acción evangelizadora y aquellas que la propia comunidad de Mateo tenían delante de si parecen enormes e insuperables, cuando, como Pedro sobre las olas agitadas, confiamos solamente en nuestras fuerzas. El trozo del evangelio proclamado en la liturgia de hoy no trae esperanza, ánimo y coraje. Bastó apenas la presencia de Jesús para que los discípulos se tranquilizasen y recobrasen la confianza y el coraje. De esa manera, también nosotros, amados hermanos, tenemos una certeza: los desafíos del mundo actual perderán su importancia en la medida que creamos en la acción del Espíritu Santo, protagonista de la misión, y creamos en la presencia de Jesucristo, que camina con nosotros y está siempre dispuesto a ayudarnos en la realización de la misión que El mismo nos confió: “Vayan y hagan discípulos míos a todos los pueblos… Y yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 19-20).

                                                      Dom Raymundo Damasceno Assis

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 
 
 
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