V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe
 
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Homilía del Nuncio Apostólico en Colombia en la Eucaristía con ocasión de la Reunión de Coordinación PDF Imprimir E-Mail

Presentamos a continuación la Homilia ofrecida por Mons. Beniamino Stella, Nuncio Apostólico en Colombia, en la misa que presidió el miércoles 08 de agosto en el marco de la Reunión General de Coordinación del Consejo Episcopal Latinoamericano que se realiza en Bogotá.

 

Apreciados Hermanos en el Episcopado;

 Queridos sacerdotes, religiosos y religiosas;

 Hermanos y Hermanas en el Señor:

 Todavía vivo el gozo y la acción de gracias al Señor por nuestro reciente encuentro en Aparecida, tenemos ahora la oportunidad de encontrarnos en la celebración Eucarística con ocasión de la Reunión de Coordinación del Consejo Episcopal Latinoamericano, bajo la nueva presidencia elegida para los próximos cuatro años. Los saludo muy cordialmente y en especial a S.E. Mons. Raymundo Damasceno Assis.

 El libro de los Números nos ofrece en este día un pasaje que nos relata un momento decisivo del itinerario del pueblo de Israel por el desierto, con la mirada y el corazón puestos en la tierra prometida. Tras su regreso, los hombres enviados a explorar las ciudades de Canaán dan cuenta de la fertilidad y de la hermosura de la tierra que “mana leche y miel”. Pero, al mismo tiempo, el texto bíblico no oculta el temor que invade a los israelitas frente a la empresa de entrar y tomar posesión del suelo que Dios les había dado en heredad.

 En medio de esta paradoja que paraliza al pueblo y lo hace sentir impotente, Moisés mantiene su fidelidad a Dios; señala la tierra prometida y sus frutos, indicando, además, dónde está el más profundo sentido de la peregrinación y de los esfuerzos de la comunidad que avanza por el desierto: “El Señor está de nuestra parte; él nos hará entrar en ella y nos la dará. No se rebelen contra el Señor ni teman a los habitantes de esta tierra…” (Nm 14,8 ss.).

 Sin duda que, de este modo, la Sagrada Escritura nos sugiere considerar hoy el camino del hombre y la senda de la Iglesia, y particularmente – por el propósito de este encuentro del CELAM – el del pueblo de Dios que peregrina en Latinoamérica.

 Como en los tiempos del Éxodo, también hoy América Latina es un pueblo que parece encaminado, por una parte, hacia metas positivas de muy variada naturaleza: la integración mundial en sistemas globales junto con una sensibilidad por el pluralismo y con un respeto por las diferentes identidades históricas y nacionales, el progreso científico y técnico, las comunicaciones que se difunden en el areópago de todo el mundo a través de medios cada vez más eficaces e inmediatos[1].

 Por otra parte, sin embargo, en cada uno de estos caminos salen al paso, con formas y modalidades nuevas, obstáculos antiguos y constantes, tales como los que el Papa depositaba en nuestro corazón pastoral cuando inauguró la V Conferencia: La vida social atraviesa momentos de confusión desconcertante, se ataca impunemente la santidad del matrimonio y de la familia, se justifican algunos crímenes contra la vida en nombre de los derechos de la libertad individual, se atenta contra la dignidad del ser humano, se extiende la herida del divorcio y de las uniones libres y muchos de nuestros hermanos católicos abandonan la vida eclesial[2].

 Pero no podemos olvidar que este continente en marcha tiene sed de nuevos horizontes espirituales y hambre de paz y de justicia, busca la verdad, ansía la solidaridad y está abierto al absoluto y al infinito. El Santo Padre también nos lo decía: “Estos pueblos anhelan, sobre todo, la plenitud de vida que Cristo nos ha traído: ‘Yo he venido para que tengan vida y la tenga en abundancia’ (Jn 10, 10). Con esta vida divina se desarrolla también en plenitud la existencia humana, en su dimensión personal, familiar, social y cultural”[3].

 En medio de estas realidades, la luz del Evangelio ha de guiar a los cristianos para que puedan descubrir el amor al Padre y el rostro salvador de Cristo, y es aquí donde descubrimos nuestra misión más profunda como pastores del pueblo de Dios, elegidos por vocación y por designio misericordioso de Dios.

 Como Moisés recordó a Israel que no podía separarse de Dios ni rebelarse contra él, sobre nosotros, no exclusiva pero sí prioritariamente, recae la tarea del anuncio de la fe en Cristo que nos libera del pecado, de indicar las sendas de la adhesión viva a su mensaje de salvación y de encabezar sin desaliento ni cansancio el recorrido de nuestra Iglesia hacia la casa del Padre.

 Los Obispos – y en consecuencia las estructuras y organizaciones que sirven al episcopado – estamos llamados a poner en primer lugar la proclamación de la buena noticia del Evangelio. La misión que se nos ha confiado, como maestros de la fe y servidores de la Palabra, consiste en recordar que nuestro Salvador “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2, 4-6). Para todos nosotros es exigencia de nuestra vocación el discernimiento de la voluntad salvífica del Señor, así como la búsqueda de una pastoral que ayude al pueblo de Dios a reconocer y acoger los valores trascendentes, con fidelidad al Señor y al Evangelio[4].

 Esta es la finalidad de la Iglesia: la salvación de las almas, una a una. Para esto envió el Padre a su Hijo, y “como el Padre me envió, también yo los envío” (Jn 20,21). De aquí, nos viene el deber de evangelizar[5].

 Como para alentarnos a la fiel y perseverante realización del encargo que nos ha sido confiado, también la Palabra de Dios nos presenta en este día la escena del encuentro de Jesús con la mujer cananea, que es presagio de la predicación de Cristo llevada hasta los confines de la tierra.

 “Mujer, ¡qué grande es tu fe!”, le dice Jesús, señalándola como un ejemplo de fe perseverante e ilimitada. Su insistencia en invocar la intervención de Cristo es para nosotros un estímulo a no desalentarnos jamás y a no desesperar ni siquiera en medio de las pruebas más duras de la vida. El Señor no cierra los ojos ante las necesidades de sus hijos y, si a veces parece insensible a sus peticiones, es sólo para ponerlos a prueba y templar su fe[6].

 Dios espera de nosotros que mostremos una esperanza firme en él, especialmente cuando se trata de pedir la salud espiritual de los que él mismo nos ha puesto a nuestro cuidado pastoral. Sus respuestas son siempre una invitación pedagógica para atrevernos a más.

 Hallemos, pues, en el encuentro diario el Señor en la Eucaristía, la fuerza, la claridad y la esperanza de ejercicio de nuestro ministerio. Supliquemos que nos conceda crecer constantemente en su amor, que se revela siempre más grande y generoso. Que también las pruebas supongan para nosotros un motivo para seguir creyendo y, al mismo tiempo, para una renovada audacia en nuestro seguimiento del Señor.

 Confiémosle los problemas y las necesidades de la Iglesia en América Latina. Pidámosle que nos ayude a acertar en las programaciones pastorales y en todas las actividades apostólicas, con la plena certeza de que él permanece con nosotros.

 Nos alienta, finalmente, la memoria de Santo Domingo de Guzmán que hoy celebramos. Acercándonos a su historia, sabemos que también para él fueron tiempos difíciles, en los que se hacía urgente un anuncio decidido de la verdad y la predicación convencida del Evangelio. Por encargo del Romano Pontífice, él llevó a cabo su misión, asociando a ella a varios hermanos y hermanas, con ardor y celo por la salvación de muchos. Su intercesión hoy nos impulse a nosotros y a toda la Iglesia a vivir como auténticos discípulos y misioneros para que nuestros pueblos en Cristo tengan vida.

 Encomendemos los trabajos de esta Reunión de Coordinación a la protección maternal de la Virgen, a quien invocamos como Madre y Maestra de Iglesia. Amén.

 [1] Cfr. COMISION CENTRAL DEL GRAN JUBILEO. La peregrinación en el Gran Jubileo. 25 de abril de 1998.

 [2] Cfr. BENEDICTO XVI. Discurso en la sesión inaugural de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe. 13 de mayo de 2007.

 [3] Cfr. BENEDICTO XVI. Discurso en la sesión inaugural de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe. 13 de mayo de 2007.

 [4] Cfr. BENEDICTO XVI. Encuentro con el Episcopado brasileño en la Catedral de Sao Paulo. 11 de mayo de 2007.

 [5] BENEDICTO XVI. Encuentro con el Episcopado brasileño en la Catedral de Sao Paulo. 11 de mayo de 2007.

 [6] BENEDICTO XVI. Palabras después del rezo del Angelus. 14 de agosto de 2005.

 

 

 

 

 
 
   
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